martes, 23 de mayo de 2017

Publicado el martes, mayo 23, 2017 por con 0 comentarios

Sugerimos: Ahora tocad música de baile (Andrés Barba, 2004)

Hay novelas que te arrastran y otras que te ponen la zancadilla para que te caigas y te quedes en el suelo relamiéndote la herida; novelas que van tan deprisa como una película con muchos efectos especiales y novelas que te obligan a quitar los ojos de la página y mirar al techo, aunque en realidad te estés mirando por dentro, porque mirar un techo mucho rato y auscultarse el alma suelen ser la misma cosa; novelas que son como un entusiasta monitor de gimnasio que siempre encuentra el comentario apropiado para que sigas un poco más, y novelas que te dicen que dejes de moverte y escarbes un poco más por los surcos de las entrañas. Estas últimas son las novelas que duelen, como Ahora tocad música de baile, de Andrés Barba.

Hace tiempo, en las páginas de El Cultural, se publicó un artículo titulado Leer de un tirón. ¿Elogio o reproche?, donde se vertían las opiniones más variadas sobre cómo leemos. No es momento para digresiones sobre el tema, aunque sí creo que hay algo que diferencia a la literatura comercial (si es que alguna no lo es), de la más canónica: la primera impone un ritmo que no te permite pensar demasiado (¿y si resulta que de tanto pensar abandona la novela?, parecen preguntarse ciertos editores), mientras que la segunda es más pausada y, en algunos casos, más intensa (digo en algunos casos porque hay quien sigue empeñado en que la oscuridad es aval del talento). Lo realmente difícil en la escritura es conjugar ambas cosas: una profundidad que ahonde en la personalidad de los personajes pero con una prosa limpia, sin frondosidades excesivas, que vaya apartando maleza y deje ver los claros que se esconden detrás de tanta rama. La escritura de Andrés Barba es un bisturí afilado e incisivo que consigue desenmascarar lo que somos en realidad. ¿Y qué somos? Pues somos de todo menos una línea recta. Zigzagueamos, subimos, bajamos, a veces estamos bien y a veces mal, queremos una cosa y nos lanzamos hacia la contraria, nos contradecimos, en fin: nos boicoteamos. Tenemos el terrible don de boicotearnos con nuestros pensamientos y nuestras palabras.

La novela se vertebra con cuatro personajes: un padre, viejo, antiguo taquillero de RENFE, acomodaticio y pusilánime; un hijo que no es pródigo porque ni volvió a casa ni quiso saber nada de una familia que detesta, un tipo egocéntrico y retorcido; una hija, enfermera, casada y con dos hijos, perdida como los que no saben de dónde viene el viento, preguntándose a cada instante qué soy, qué hago, qué quiero. En la cúspide está la madre, enferma de Alzheimer, el personaje que no habla ni cuenta, el núcleo de la novela porque los caminos conducen a ella, o mejor, irradian de ella, pues la fuerza que desprende es centrífuga, de huida: todos quieren huir de una madre que no entienden ahora y que tampoco entendieron antes, a la que recuerdan siempre rezando en la habitación con un recogimiento monacal que no pegaba con su carácter displicente. Andrés Barba escribe una novela de las que te tuercen la cabeza para mirar el techo, que es el alma. Y nos va parando porque nos hace daño, porque parece que nos habla, nos interpela, nos regaña: quién no ha soportado alguna vez a sus padres, quién no ha querido decir lo que se ha callado, quién no se ha sentido un ser retorcido y cínico, quién no se ha dicho a sí mismo alguna vez madre mía si alguien supiera lo que estoy pensando ahora mismo.

El lenguaje a veces se desborda en un batiburrillo de ideas inconexas, los pronombres van y vienen, algunos puristas de la gramática o talibanes de la lengua dirán así no se escribe, hay falta de concordancia, maltrata la sintaxis. Qué cosas tienen, como si ellos pensaran solo con subordinadas adverbiales, como si la mente no fuera una olla a presión donde tan pronto nos decimos una cosa como la contraria, donde las ideas se mueven como el gusano loco, a un lado y a otro, y tras un rato no sabemos ni dónde estamos ni qué hizo que llegáramos hasta allí. Escribir como se piensa es muy difícil porque el pensamiento es desordenado y  la escritura requiere cierto orden.  Por eso encontrar la manera de contar con una prosa certera y sugestiva lo que podemos llegar a cavilar, lo que proyectamos o imaginamos, es una habilidad de los novelistas que más me interesan. En inglés lo llaman stream of consciousness, en castellano monólogo interior o flujo de conciencia. Yo prefiero llamarlo la capacidad que tienen algunos escritores para convencernos de que así somos.

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