jueves, 27 de julio de 2017

Publicado el jueves, julio 27, 2017 por con 1 comment

Palabras filmadas: La flaqueza del bolchevique (2003)

Conviene aclarar, por si hay alguien despistado a quien confunde el título, que no se trata de un biopic sobre el líder de Izquierda Unida después de la formación de Unidos-Podemos, sino de la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Lorenzo Silva, finalista del Premio Nadal en 1997.

Recuerdo que leí la novela al poco de aparecer porque un amigo me la recomendó de la mejor manera posible. Me dijo: "no has leído una novela con tantas palabrotas en tu vida". Y quién se resiste a una presentación como esa... Habíamos leído poco antes Historias del Kronen, también finalista del Nadal. Ser finalista del premio empezaba a convertirse en garantía de que la novela nos gustaría: aun éramos demasiado ingenuos para saber que el marketing literario nos buscaba a nosotros, a los jóvenes lectores que no sabíamos nada de literatura. Mi amigo tenía razón, por supuesto: en las primeras páginas de la novela aparece un tipo soltando lindezas sin parar, maledicencias, tacos, en fin, que la vida es un asco pero siempre podemos ensuciarla un poquito más. No me cayó mal. La cosa prometía.

Tardó mucho en salir la película de Manuel Martín Cuenca. Seis años. Cuando la vi por primera vez se me habían olvidado el yupi nihilista y la adolescente misteriosa que me tuvo enamorado aun sin ponerle cara. Ahora, al volver a ver la película, he tenido que hacer un ejercicio voluntario de déjà vu (valga el oxímoron) para tratar de averiguar qué pensé entonces. El tipo resultó ser calvo. No me lo esperaba, la verdad. No digo que fuera Jeremy Irons, pero se agrieta la verosimilitud de la historia si la joven se enamora de un calvo (entonces no se llevaba el rapado brillante, como ahora) que aparenta todavía más años y no es profesor de literatura sino economista, porque no tienes las cartas a tu favor para atraer a una joven si eres calvo y economista, no nos engañemos. Pero Luis Tosar es un actor que me tiene subyugado: a pesar de parecer siempre enfadado consigue que me crea cualquier papel que hace, incluido este. O soy muy cándido o es buen actor (no lo sé, no tengo criterio). Aquí es un tipo de vuelta de todo, amargado con el trabajo, con la gente, con la vida, dispuesto a joder por diversión a una pija de coche caro con quien tiene un pequeño accidente de tráfico. Para darle un toque excéntrico lo vemos mirando una foto de las cuatro hijas del Zar Nicolás II, asesinadas junto a su padre, su madre y su hermano por los cachorros de Lenin en 1918. De ahí una parte del título; la otra parte, la flaqueza, es la hermana pequeña de la pija, el rostro más inspirado del cine español (aquí sí tengo criterio): María, Ma-rí-a, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. María.

Me prometí que escribiría estas líneas sin mencionar Lolita, al menos directamente, pero no ha sido posible. La sombra de la nínfula de Nabokov es muy larga. Lolita. María. Dieciséis años tenía María Valverde cuando interpretó a esa niña díscola del mismo nombre que flirtea con un señor mayor que se hace pasar por policía y dice que es bolchevique. ¿Has estudiado en el instituto, María, quiénes fueron los bolcheviques? Y se cita con él en un parque (válgame Dios) cuando se lo propone como un ultimátum que no puede salir bien: aquí estaré y si no estás nunca más nos volveremos a ver. ¿Es creíble que la chica acuda? ¿Es posible que la curiosidad y la rebeldía puedan más que el temor y la desconfianza? Aquí pudieron. No sé si se cumple lo que decía Coleridge, aquello de la voluntaria suspensión de la incredulidad. Es un órdago demasiado grande esa cita en un banco del parque.

Los finales no se cuentan, claro, pero pueden sobrevolarse. Aquí se precipita, mucho, y no había necesidad. Alguien podía haber advertido que los finales que van cuesta abajo demasiado rápido son muy difíciles de controlar. O te sale bien o te la pegas. En la novela se controla mejor: las palabras se dosifican con mayor tino que las imágenes, el lector para o avanza a su criterio, mientras que las imágenes son una cinta que arrastra y no frena. O te subes o te caes. Y sin embargo la película merece la pena, pese a algún tropiezo. La escena en la piscina municipal climatizada (¿por qué climatizada, no hay piscinas al aire libre en Madrid?) es para el recuerdo imperecedero: él con bermudas y pelo en pecho, ella con bañador recatado, ambos sobre unas tumbonas, mirándose como se miran los que saben que esto que estamos haciendo es raro y no está bien. Tiene algo de cutre, pero consuela comprobar cómo el encanto de María Valverde puede remontar hasta los montajes más descuidados.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Un poco desafortunado el comentario con el que se inicia la reseña. Por otra parte, ¿quién escribe? Ya que toda la reseña está en primera persona, hace pensar que al menos quien escribe es alguien destacado.