miércoles, 13 de diciembre de 2017

Publicado el miércoles, diciembre 13, 2017 por con 0 comentarios

Signaturas pendientes: Autopsia (Miguel Serrano Larraz, 2013)

Cometí el error imperdonable del principiante, leer la contracubierta del libro, donde se hablaba de la obsesión de un tipo por haber acosado a una compañera de instituto con la prosa de atracción de los resúmenes de editor, todo es bueno, no se lo pierdan, no les dejará indiferentes (ya se sabe que cualquier trailer deja el chispazo de las ganas de ver la película, pero pasa rápido), el problema es que leí la trasera en una librería y me vi atrapado sin querer, porque además escogí una página al azar (eso sí se puede hacer) y me encontré con un chico al que le pegan unos skinheads y escribe un poema con un título ridículo y desasosegante, El día que me pegaron los skinheads, que se repite como anáfora absurda antes de cada párrafo, seguí leyendo cuando salí de la librería (sí, lo compré), y tras unos pocos pasos me di cuenta que llevaba un fajín con un elogio de Agustín Fernández Mallo y me dio un escalofrío que me hizo detener el paso (no me gusta mucho la Nocilla), menos mal que no estaba para pensar en el canon o en el criterio, solo quería saber de qué carajo trataba esa novela de la que seguía pasando páginas sin distinguir planteamiento, nudo y desenlace, llegué a casa y la lectura se pegaba como el sudor nervioso, la escritura me tenía agarrado y no me dejaba en paz, las líneas pasaban muy rápido, como los cables negros anclados a las paredes que se ven tras las ventanillas del metro, me acordaba de cosas del instituto, de antiguos compañeros, la nostalgia se mezclaba con tópicos literarios, con el fondo y la forma, con la estructura misteriosa de las novelas, estaba empezando a encontrarme mal por esas conexiones neuronales sin sentido cuando apareció inopinadamente Faulkner y la duda de por qué hay tantos escritores que cuando les preguntan por sus influencias literarias se acuerdan de Faulkner, arquitecto de la novela moderna, y recordé esa fotografía en blanco y negro donde sale el escritor frente a una máquina de escribir, sin camiseta, con unos pantalones cortos y unos incongruentes calcetines de lana y unas botas (¿sería un coqueto posado primigenio?), las páginas siguen pasando desenfrenadas y en un instante de lucidez me pregunto cómo es posible que este tipo que me mira desde la solapa pueda escribir con esa capacidad de persuasión, me va a arruinar el sueño que no viene, y sigo con skinheads que se alternan con una chica del instituto y la culpa de quien toma la palabra, siempre la culpa (que lleva un apelativo que no se olvida, “caca purulenta”, llamaban a la chica en el recreo), y aparece un DJ que pinchaba en Crónicas Marcianas y las calles son estrechas y hace frío, porque es Zaragoza, que no lo he dicho, todo este enjambre sucede en Zaragoza, en los años noventa, los de la EGB y luego BUP y luego COU y luego la universidad, igual que desemboca un río en el mar, parecía inevitable, eso y aprender inglés, aunque luego sirviera para poco, si al menos pudiéramos leer a Faulkner en versión original sabríamos si de verdad era tan bueno o los traductores adornaron lo que no podía cogerse por ninguna parte, y seguía leyendo y le daba vueltas a eso del estilo literario (¿existirá de verdad o será una leyenda urbana, como la chica de la curva?), y en esas estaba cuando me pregunté, casi sin querer, si sería capaz de escribir estas líneas sin poner ni un solo punto, sin fijarme en gramáticas ni en conjugaciones y sin dejar de escribir desde que puse Cometí.

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